Había uno de Alberique que tocaba la tuba... con palabras como estas o muy parecidas suelen empezar las anécdotas también conocidas como batallitas, que tratan sobre músicos valencianos. Como todos sabemos, Alberique es un pueblo que está en la Ribera Alta del Júcar y que la tuba o bajo es un instrumento de la familia viento-metal. Para los no aficionados a la música convendría aclarar que en algunos pueblos de la Comunidad Valenciana puede haber un músico por metro cuadrado exagerando y sin exagerar, hablan las crónicas de 40.000 músicos, 60.000 alumnos de escuelas de música, de que es la tierra de las 2.000 bandas y de innumerables cifras y estadísticas más o menos precisas o actualizadas. Las vetas de este filón se extienden por toda España y parte del extranjero (como diría mi abuela). Si vamos, por ejemplo, al Retiro un domingo a escuchar a la Banda Municipal de Madrid, oiremos hablar en valenciano porque en bastantes de sus temporadas de conciertos, alrededor de cien profesores que la componen o componían, aproximadamente la mitad son o eran de allí. Algo parecido ocurre en la Orquesta Nacional y en la de RTVE.
El tema me interesa por dos razones: me gusta la música y soy clarinetista consorte desde hace 45 años. Mi músico favorito nació en Villanueva de Castellón o Castelló de la Ribera que con el nombre de este pueblo ha habido sus más y sus menos, pero esa es otra historia. El empezó a ir a solfeo con ocho años y el primer instrumento que tocó fue la caja. Más tarde cambió la percusión por el clarinete. Recién cumplidos los setenta y cinco, a menudo se sienta un rato a estudiar y me llega un fragmento de Beguin the Beguine, Peer Gynt, la contradanza de Paquito D'Rivera, Papageno y su flauta o Mussorgsky y sus cuadros.
Recuerdo haber escuchado en muchas ocasiones a la Banda llamada formalmente Sociedad Musical Lira Castellonense o Castellonera. Los programas incluían la Obertura 1812 de Tchaikovsky, preludios y mazurcas de zarzuelas, el coro de peregrinos (sin coro) de Tannhauser, el himno regional cuando terminaba el concierto, pasodobles como Pepita Greus, La entrá de la murta, El gato montés, Lo cant del valenciá o En er mundo. De este último recuerdo una anécdota que no me resisto a contar. Al llegar a la parte en la que el trompeta se queda solo ante el peligro con el público expectante dispuesto a gritar olé cuando corresponde, se unió al olé general la madre del músico solista para gritar con legítimo orgullo: ¡Vixca la mare que t'parit!
En una visita al pueblo (verano del 85) perpetré los siguientes ripios. Confieso que en mi época de alumna del Taller de Literatura de la Universidad Popular, intentaba que rimase hasta la lista de la compra.
Tierra en la Ribera Alta
musical por excelencia.
Tierra de aroma a jazmín
de feraces huertas, tierra.
Un pueblo bien situado
entre naranjos y fresas
cuyo nombre no diré
por evitar la polémica.
Al adentrarse en sus calles
suena un fagot y un oboe
Rossini, Granados, Chueca.
Acá un trombón, una flauta
glissando, scherzo, cadencia...
se escucha muy suave un saxo
a través de aquella puerta.
Allá una tuba, un fliscorno
las notas fluyen resueltas.
El clarinete, la trompa
y en la plaza una trompeta.
Falla, Borodín y Wagner
caminan por las aceras.
Así en la innombrable villa
brotan, crecen, se renuevan
afanes reconocidos
en tan hermosa tarea.
Tierra en la Ribera Alta
de músicos buena tierra.
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