Saturday, January 30, 2021

La abuela Consuelo

Como decía mi abuela, Que te quiten lo bailao. 

Me gusta la frase, la digo a menudo y siempre antepongo, como decía... ella manejaba al hablar un extenso repertorio de frases y comparaciones que están en desuso.  A la vejez viruelas. Lo dijo Blas, punto redondo. El burro delante pá que no se espante. Está limpio como los chorros del oro. Es más tonto que Abundio. Es más famoso que Garibaldi. Es más feo que Picio. Está más sordo que una tapia. Es más negro que un tizón. Tiene más cuento que Calleja. Es más listo que el hambre. La que no está acostumbrada a bragas, las costuras le hacen llagas. Manos que no dais ¿qué esperais?. En fin, una frase para cada ocasión. Recuerdo también que mi abuela nunca decía, ponte el abrigo o ponte los zapatos. Se refería a los zapatos como borceguís que según la RAE es un calzado que llegaba hasta más arriba del tobillo abierto por delante y que se ajustaba por medio de correas o cordones. Es una palabra antigua y mi abuela la usaba sobre todo con los zapatones que nos compraban a los niños de la época en Calzados Segarra, mítica zapatería de la plaza de Callao, esquina a Gran Vía. Cuando se trataba del abrigo decía manferlán. Deduzco ahora que es una deformación de Mac Ferlan o gabán con esclavina, para entendernos, el que suele proteger del frío a Sherlock Holmes. 

La abuela Consuelo también decía palabrotas o tacos, casi siempre en el momento oportuno de la conversación. Una costumbre con la que estaba de acuerdo el mismísimo Cela (premio Cervantes, premio Nobel y demás premios literarios). Según las crónicas Don Camilo José conocía el poderío del taco y lo defendía y practicaba con precisión. Durante la niñez y adolescencia pasadas con mi abuela escuché muchas palabras hoy casi desaparecidas. Por ejemplo, si te ponías pesada estabas dando la murga, la lata, la matraca o la tabarra. Los tacaños eran agarraos, roñosos o del puño cerrao. Los que se emborrachaban, empinaban el codo, estaban piripis o llevaban una buena tajada. Los locos estaban grillaos, como un cencerro o como una cabra. Los flacos eran canijos, escuchimizaos o el  espíritu de la golosina. Los zurdos eran zocatos y los guisos mal hechos eran comistrajos

Se usaban insultos dedicados solo a las mujeres como lagarta, marisabidilla, sota, cardo, marimandona, machorra, pendón o marimacho y otros de distinta intensidad ofensiva que servían para ambos sexos: maula, pánfilo, zarrapastroso, garrulo, cagón, farruco, pelanas, mendrugo, atontolinao, paleto, rancio, metijón, farolero, tarambana, machacón, tuercebotas, zascandil, cagaprisas, pamplinero, estrozón, pelagatos, faltón, bigardo, zampabollos, pasmarote, enredador... mi memoria no da para más.

Yo sabía perfectamente qué quería decir mi abuela cuando hablaba de: llenar la andorga, tumbarse a la bartola, quitarse los esparavanes, llamarse andana, tener pachorra, ir a matacaballo, jodo con la varita, no tener donde caerse muerto, ir por lana y salir trasquilao o hacer algo a voleo. Pero nunca le pregunté porque no hacía falta, quienes eran Perico el de los palotes, la tonta del bote, Rita la cantaora y Maricastaña porque igual que con los tacos sabía encajarlos con gracia en sus charlas y se le entendía todo.

Antes de soltar una frase en peligro de extinción, seguiré anteponiendo un: como decía mi abuela para que siempre esté conmigo.

1 comment:

Lisístrata said...

doy fe, otra nieta