Estoy escribiendo en las servilletas
de bares en los que no bebo
la gramática absurda
del esperanto de los tímidos,
que se esconden detrás de las palabras,
de los atriles, del desnudo
y hasta de si mismos;
los tímidos que nunca dan la cara,
porque su piel es transparente
y les falta valor
para pedir a voz en grito
cuanto merezcan por derecho
y se les niega por costumbre.
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