Salió temprano de la ciudad,
a esa hora en que riegan los jardines
y las calles huelen a un recuerdo de pescado, pan y leche.
Pasó veloz por el mapa hasta dejarse ir por una pista forestal.
El sol estaba tan bajo que hervía en las manos.
El desvío desembocó en un sendero más estrecho
y el hombre echó a andar.
El sendero se hizo ahora hondo y sombrío,
cubierto por una bóveda de laurel y un esplendor de helechos.
El suelo estaba húmedo y frenaba sus pasos suavemente.
Iba ya descamisado, con amables heridas en los brazos.
El camino cruzaba un arroyo y el hombre lo salvó
saltando por islas de juguete. Luego tomó el atajo
de los árboles blancos hasta el viejo molino.
Se sentó junto a la presa, donde dormía el agua
su sueño verde, limpió el sudor y abrió el portafolios.
Si señor, aquél era el prado que había que embargar.
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