Cada mañana le arranco
al bollo de pan recién hecho
aún caliente en mis dedos dormidos,
la molla tierna y oscura de centeno.
La deshago despacio
preparando un festín
de pequeñas migajas que arrojo
con cuidado al tejado de enfrente.
Durante meses he esperado sentada
en la ventana, el cuaderno amarillo
en el regazo, el pelo simulando las ramas
de los fresnos, la taza hospitalaria
del té verde. El cuerpo, todavía, oscuro
y tierno del sueño.
Una mañana, casi sin darme cuenta
- lo que más se desea sucede siempre
de este modo - los pájaros llegaron.
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