La coraza se arma con un azul agonizante
sobre la línea forzada de la ciudad.
Es una costa de dientes de perro
que ha logrado trasplantarse el brillo,
las diamantinas, el exceso que deja el día.
Por debajo el río, el Hudson, se pone la mansa
piscina del espejo. La gravedad con sus
sustancias pasajeras. El trazo de las corrientes
como si, sobre el, hubiese un pájaro
prehistórico agitando las aguas.
Y en realidad, aquí lo que hay
es una calma ante el bullicio.
Una cara preciosa con acné.
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