Hachas
después de cuyo golpe la madera resuena
crea ecos
ecos que se desplazan
desde el centro, lo mismo que si fuesen caballos.
Su savia
mana como las lágrimas, como el
agua que intenta
recomponer su espejo
sobre la roca
que gotea y da vueltas,
cráneo blanco,
comido por el musgo.
Años después
las vuelvo a encontrar en mi camino
palabras secas y sin jinete,
el ruido infatigable de sus cascos.
Mientras,
al fondo del estanque hay estrellas inmóviles
que rigen una vida.
Las musas inquietantes
Madre, me hiciste aprender el piano
y elogiabas mis trémolos, mis trinos,
aunque el maestro hallaba que mis dedos
eran de madera a pesar de las claves
y las horas de práctica, mi oído
sordo a toda armonía, se volvía
insensible. Aprendí en otros sitios,
de musas que tú madre, no sabías.
No comments:
Post a Comment