La matemática o la música
no son juegos de azar como la hipotética
presencia de dios.
Una raíz cuadrada cuenta más que un pecado.
Un adagio se mide con más facilidad
que una herejía. Una integral o un bemol
son algo más difíciles de transformar
- ni se crean ni se destruyen -
que un sacrilegio. La música eriza el vello
con una fórmula que, aunque tiende al infinito,
es algo más difícil de comprender porque va más
allá de lo científico. Y luego - denominador común -
está la muerte, tan exacta
que nunca ha necesitado de la fe.
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