Le supliqué a mi esclavo, no te duermas
y vigila la casa del desierto...
Mi esclavo se durmió tras de su sombra;
la luz llegó, se fue... Cuando a mi esclavo
le pregunté, muchacho ¿vigilaste?
el carmín, el pavor y las almendras
turbadas de sus ojos proclamaban
tanta infidelidad como inocencia.
...Le he dado libertad. Ahora me ocupo
sólo de vigilar la inmensa noche.
Pero la luz no ha vuelto y son de arena
mis inútiles ojos en las sombras.
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