Los débiles marcan el paso en las procesiones,
viajan a países exóticos en clase turista,
votan honestamente lo contrario que dicen,
mandan como sátrapas en las panaderías.
Los débiles han inscrito a sus hijos en su
mismo colegio, dicen oh capataz mi capataz,
visten su hemoglobina con el azar,
se casan cuando el amor emigra hacia otra puerta.
Los débiles se vengan en quien más los protege,
se masturban sin ganas, ponen música ambiente,
sobre quien más le ama, clavan su olvido a fuego.
Hasta que llegara
llegara con el corazón valiente y roto,
tras haber cruzado a nado un campo
de espinas, un mar de espinas,
un océano de espinas donde los rasgos
que dignifican al hombre hacen de
una calle cualquiera el mismo mundo,
donde quien toca con la punta de sus
dedos los cabellos de un niño toca también
una sonata de Bartok, donde quien llega permanece,
aguanta el bombardeo, sabe que ni la más
destructiva de las muertes podrá alcanzarlo,
podrá robarle ese roce esencial,
esa plenitud contemporánea.
David Torres urde un plan para salvar el mundo
Hay que raptar al tipo
o a la tipa, que en esto
de los malos poetas
los sexos se prodigan,
y atados a una silla
meterles veinte horas
de Rimbaud, Allan Poe,
John Ford o Blas de Otero,
Burguess, Mijangos, Milton,
Copland, Reich, Shostakovich
y si se pone terco
Mihura, Jardiel y Gila.
Después hay que dejarle
desnudo en su portal
o en una calle próxima
y que se joda y que ande.
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