Luz rasante.
Adoquines que han tallado manos desconocidas.
Y el suelo, bajo el roce de los pies,
bajo el peso de los siglos.
Las bombas desventraron la ciudad e hicieron
volar el pavimento. Manos silenciosas recogieron
luego los adoquines desperdigados, los apilaron.
Otras los colocaron de nuevo, a la espera
de las bombas que habrán de regresar
para retomar el diálogo del aire con las piedras.
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