Edad de Baudelaire y de muchachas
que adquirían nociones de la vida
en las últimas filas de los cines
y en eses viejos cines de postguerra
convertidos en locales de baile
que cerraban cuando el cielo quería amanecer.
Amaneceres de domingo,
volviendo a casa con un vaso aún
en la mano y con tabaco extraño en el bolsillo,
a esa hora en que abrían los cafés
y las damas de caridad montaban mesas
con carteles de niños moribundos.
Y las naves quemadas son ceniza,
y muy poco de eterna tuvo la juventud.
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