¿Es cierto, amiga mía,
que no hay más que una palabra
para nombrar en la lengua que llamamos poesía
el sol de la mañana y el de la tarde,
una para el grito de alegría y el de angustia,
una para el desierto río arriba y los golpes de hacha,
una para la cama deshecha y el cielo tormentoso,
una para el niño que nace y el dios muerto?.
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