Acaban de cerrar el museo.
Seguramente las vírgenes flamencas
también cierran los ojos,
reclinan la cabeza y estiran sus mantos.
La luna nacarada de diciembre
vigila la ciudad,
los magnolios del paseo cantan lo perdurable.
En tardes clandestinas como ésta
quisiera saber cegar el corazón
al invento cruel de la belleza.
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