El cielo era en principio
un lugar para estar, y no de todos.
Sólo de quienes fueran capaces
de salvar la dificultad del trabalenguas
- léase pasar por la vida sorteando los escollos
de la tentación en sus múltiples disfraces -.
Al cielo iban los mártires,
los santos,
- apréciese que son muchos más los
santos que las santas -,
los mansos de corazón,
los cumplidores de arcaicos preceptos.
Porque el cielo era un cajón de sastre
al que iban a parar las cosas
que ya no tenían cabida en la tierra.
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