La trilogía de Stieg Larsson asoma por encima de los tejados de cinco casas en miniatura. Las traje de Holanda porque una de las cosas que más me gustaron de ese país (que ahora se empeña en contarnos el cuento de La cigarra y la hormiga) y concretamente de Amsterdam, fueron esas casas estrechas que miran a los canales aunque algunas estén torcidas y parezca que se van a caer. En todas y cada una de las reproducciones sobresale el gancho que permite subir hasta las ventanas, muebles e incluso pianos de cola si se tercia. Son tan estrechas las casas que por las escaleras es imposible. Dos de las casitas no tienen locales comerciales y en cuatro de sus fachadas aparece la fecha de construcción: 1712, 1536, 1635 y 1692 esta última, tiene un restaurante a pié de calle. En otra, una tienda de sombreros con su escaparate y su rótulo HOEDEN&PETEN y hay una con letrero en inglés, FLOWER SHOP. No le falta detalle a la mini floristería que expone parte de su mercancía al lado de la puertecita.
Por cierto, que la sobredosis floral me pilló desprevenida en la subasta de Aalsmer, 755.000 metros cuadrados de rosas porque no era época de tulipanes. Pero otro día lo contaré con detalle.
A la derecha del souvenir holandés, entre Orwell y Proust reposa una copa romana vidriada en ocre dorado y azul con dos asas transparentes. Hace años estaban de moda las réplicas arqueológicas. Teníamos unos amigos muy aficionados a hacer regalos de este tipo y en algún cajón duerme un mosaico helenístico, que de todo había entre las mil reproducciones. La copa es una preciosidad y tan convincente que cuando la tengo en mis manos me veo con la túnica puesta, transformada en una noble matrona como aquella Livia Drusila, esposa, madre, abuela y bisabuela de emperadores.
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