Iré, cuando la tarde cante, azul, en verano,
Herido por el trigo, a pisar la pradera;
Soñador, sentiré su frescor en mis plantas
y dejaré que el viento me bañe la cabeza.
Pero el amor sin límites me crecerá en el alma.
Me iré lejos, dichoso, como con una chica,
Por los campos, tan lejos como el gitano vaga.
LOS POBRES EN LA IGLESIA
Aparcados en bancos de roble, en los rincones
de la iglesia que entibia su aliento,
con los ojos clavados en el coro dorado,
mientras brama la escolanía cánticos piadosos por sus fauces,
aspirando la cera como un olor de hogaza,
dichosos, humillados, cual perros que apalean,
los pobres del Buen Dios,
el patrón y el señor, ofrecen sus Oremus,
irrisorios y obtusos.
EL DURMIENTO DEL VALLE
Existe un hoyo de verde donde canta un río
que alocadamente cuelga de las hierbas jirones de plata;
donde el sol de la montaña altiva luce:
un pequeño valle que espuma rayos.
Un joven soldado, la boca abierta,
la cabeza desnuda y la nuca bañada
en el fresco berro azul, duerme,
tendido en la hierba, bajo las nubes,
pálido en su lecho verde,
en el que llueve la luz.
Con los pies entre los gladiolos duerme.
Sonriendo como sonreiría un niño
enfermo; echa una cabezada:
Naturaleza, acúnalo cálidamente:
tiene frío. Los perfumes ya no estremecen su nariz;
duerme al sol;
la mano sobre el pecho tranquilo.
Tiene dos agujeros rojos en el costado derecho.
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