Desde su ecuestre bronce Felipe III medita,
frívolo y altivo; en el extremo norte,
más bien a la derecha,
entre frías sillas de metal,
residuos de hamburguesas,
vasos de plástico y envases vacíos de cerveza,
descubro, insospechado, el tibio rescoldo
que siempre ha iluminado la paternal
figura del Gran Inquisidor.
Y así, mientras paseo callado por la Plaza Mayor.
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