Ayer cantó en el Auditorio Nacional el Orfeón Donostiarra. Todo zarzuela, era el título del programa. De Sorozábal a Chueca pasando por Moreno Torroba, Vives o Chapí pudimos disfrutar de esas voces geniales acompañadas en este concierto por la Orquesta de Cámara Andrés Segovia, dos sopranos, un tenor y un barítono. Como los aplausos no paraban, llegaron las propinas. La habanera de Don Gil de Alcalá, canta y no llores, corazón... y naturalmente Maite. El director anunció muy serio que casi siempre, el Orfeón terminaba sus conciertos con esta nostálgica canción, pero que esta vez, no habían ensayado. Muy buena, la broma.
Antes de entrar a la sala, me fijé en unas pantallas colocadas frente a las puertas del Auditorio. En ellas se anunciaban futuros conciertos, programación y recomendaciones adornadas con esos emoticones con los que nos hemos ido familiarizando. Recomendaciones que intentan promover comportamientos más respetuosos sin conseguirlo, por lo que pude comprobar durante el concierto.
Es un hecho incuestionable y cotidiano que enganchados al móvil, los hay de todas las edades. Ayer en el Auditorio el porcentaje de adolescentes o treintañeros era escasísimo. El público de esa edad no es precisamente aficionado a la zarzuela. De forma que, entre las cabezas que se inclinaban reverentes ante las pantallas de sus aparatejos, ocho o diez como mínimo en la zona de tribuna y a las que tuvieron que amonestar, unas tenían canas y otras estaban calvas. Las sigilosas idas y venidas de una empleada y un empleado se sucedieron durante todo el concierto. Este trajín se veía perfectamente desde el segundo anfiteatro impar y me temo que en una sala de más de 2300 butacas habría más tocapelotas.
A la salida les hice un comentario. Pusieron cara de discreta resignación mientras me escuchaban. El más joven de los dos me dió las buenas noches y dijo en un murmullo: no sé para que vienen.
A la salida les hice un comentario. Pusieron cara de discreta resignación mientras me escuchaban. El más joven de los dos me dió las buenas noches y dijo en un murmullo: no sé para que vienen.
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