Cuando escucho esta definición me suena casi poética. Pero lo que está detrás de medicalizar la tristeza tiene unos efectos indeseables. Me he preguntado tantas veces cual es la ventaja de recurrir a los fármacos en determinadas situaciones que nos toca vivir, como en los estados puntuales de tristeza, estado de ánimo necesario, según el psiquiatra al que están entrevistando en la Cadena SER.
El entrevistador ha empleado una palabra inventada que sería graciosa, sino tuviese detrás unas cifras muy preocupantes. Se ha referido a España como Prozackistán. Parece ser que estamos a la cabeza de Europa en el consumo de psicofármacos.
Y teniendo en cuenta estos datos algo no cuadra, porque supuestamente en el patio trasero no nos caben ya más pastillas, pero nuestra fachada es una especie de Disneylandia. A diario recibimos imágenes de amigos y familiares que con caras inequívocas de felicidad posan en medio de paisajes, puestas de sol, cumpleaños, comidas o cenas. Nos faltan horas para corresponder con la carita sonriente, la mano con pulgar hacia arriba y el comentario amable por miedo a parecer aguafiestas o bordes. Al comunicarnos muchas menos veces cara a cara, se tapan las tristezas y se tiene la certeza de que esta comunicación contínua y que roza el hartazgo, es a la vez bastante falsa.
En la misma entrevista han hablado también de enfermedades mentales, prevención o detección precoz y de nuevo estoy totalmente de acuerdo. Siempre creí que los hijos necesitaban sobre todo amor, tiempo y buenos ejemplos entre otras muchas cosas. Pero cada vez me parece más difícil aplicar esta fórmula en una sociedad con baja tolerancia a la frustración, como dicen los expertos. Que lo quiere todo y lo quiere ya, como suelo decir yo.
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