Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar
y el caballo en la montaña.
Con la sombra en la cintura
ella sueña en su baranda,
verde carne, pelo verde.
con ojos de fría plata.
Verde que te quiero verde.
Bajo la luna gitana,
las cosas la están mirando
y ella no puede mirarlas.
Verde que te quiero verde
Grandes estrellas de escarcha,
vienen con el pez de sombra
que abre el camino del alba.
La higuera frota su viento
con la lija de sus ramas,
y el monte gato garduño,
eriza sus pitas agrias.
¿Pero quién vendrá? ¿Y por donde...?
Ella sigue en su baranda,
verde carne, pelo verde
soñando en la mar amarga.
Romance de la pena negra.
Las piquetas de los gallos
cavan buscando la aurora,
cuando por el monte oscuro
baja Soledad Montoya.
Cobre amarillo, su carne,
huele a caballo y a sombra.
Yunques ahumados sus pechos
gimen canciones redondas...
Por abajo canta el río:
volante de cielo y hojas.
Con flores de calabaza,
la nueva luz se corona.
¡Oh pena de los gitanos
pena limpia y siempre sola.
¡Oh pena de cauce oculto
y madrugada remota!.
LA casada infiel.
El almidón de su enagua
me sonaba en el oído,
como una pieza de seda
rasgada por diez cuchillos.
Sin luz de plata en sus copas
los árboles han crecido,
y un horizonte de perros
ladra muy lejos del río.
De otro modo.
Llegan mis cosas esenciales.
Son estribillos de estribillos.
Entre los juncos y la baja tarde,
¡qué raro que me llame Federico!
Prendimiento de Antoñito el Camborio.
Antonio Torres Heredia,
hijo y nieto de Camborios,
con una vara de mimbre
va a Sevilla a ver los toros.
Moreno de verde luna
anda despacio y garboso.
Sus empavonados bucles
le brillan entre los ojos.
A la mitad del camino
cortó limones redondos,
y los fue tirando al agua
hasta que la puso de oro.
Y a la mitad del camino
bajo las ramas de un olmo,
guardia civil caminera
lo llevó codo con codo.
Agosto.
Agosto.
Contraponientes
de melocotón y azúcar,
y el sol dentro de la tarde,
como el hueso en una fruta.
La panocha guarda intacta
su risa amarilla y dura.
Agosto.
Los niños comen
pan moreno y rica luna.
New York.
New York.
Debajo de las multiplicaciones
hay una gota de sangre de pato;
debajo de las divisiones
hay una gota de sangre de marinero;
debajo de las sumas, un río de sangre tierno.
Un río que viene cantando
por los dormitorios de los arrabales,
y es plata, cemento o brisa en el alba mentida de New York.
Anda jaleo.
En la calle de los Muros
mataron a una paloma.
Yo cortaré con mis manos
las flores de tu corona.
Anda jaleo, jaleo:
ya se acabó el alboroto
y ahora empieza el tiroteo.
El lagarto viejo.
En la agostada senda
he visto al buen lagarto
(gota de cocodrilo)
meditando.
Con su verde levita
de abate del diablo,
su talento correcto
y su cuello planchado,
tiene un aire muy triste
de viejo catedrático.
Arbolé, arbolé.
Vente a Sevilla, muchacha.
La niña no los escucha.
Cuando la tarde se puso
morada, con luz difusa,
pasó un joven que llevaba
rosas y mirtos de luna.
Vente a Granada, muchacha.
Y la niña no le escucha.
La niña de bello rostro
sigue cogiendo aceituna,
con el brazo gris del viento
ceñido por la cintura.
La aurora.
La aurora de Nueva York tiene
cuatro columnas de cieno
y un huracán de negras palomas
que chapotean en las aguas podridas.
La aurora de Nueva York gime
por las inmensas escaleras
buscando entre las aristas
nardos de angustia dibujada.
La aurora llega y nadie la recibe en su boca
porque allí no hay mañana ni esperanza posible.
A veces las monedas en enjambres furiosos
taladran y devoran abandonando niños.
El concierto interrumpido.
El viento se ha sentado en los torcales
de la montaña oscura,
y un chopo solitario
-el Pitágoras de la casta llanura-
quiere dar con su mano centenaria
un cachete a la luna.
El diamante.
¡Rana, empieza tu cantar!
¡Grillo, sal de tu agujero!
Haced un bosque sonoro
Con vuestras flautas. Yo vuelo
Hacia mi casa intranquilo.
Se agitan en mi recuerdo
Dos palomas campesinas
Y en el horizonte, lejos,
Se hunde el arcabuz del día.
¡Terrible noria del tiempo!
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