No hay bandera que valga un solo muerto.
No hay fe que se sujete con el crimen.
No hay dios que se merezca un sacrificio.
No hay patria que se gane con mentiras.
No hay futuro que viva sobre el miedo.
No hay progreso que exija la injusticia.
No hay traición que ampare la ignominia.
No hay honor que se lave con la sangre.
No hay razón que requiera la miseria.
No hay paz que se alimente de venganza.
No hay voz que justifique una mordaza.
No hay justicia que llegue de una herida.
No hay libertad que nazca en la vergüenza.
Si tu no estás.
El paraíso debe estar vacío.
Si tu no estás, quien va a querer estar.
Sé que andan de tertulia por la puerta,
incluso Dios mira el reloj y fuma
y se hace el remolón hasta que llegues.
Entonces todos entrarán de golpe.
Amor y cuero.
Ella era rica, guapa, con estilo,
le encantaban las plantas,
a ser posible cactus o carnívoras.
Tenía un perro de esos, adiestrado
para el asesinato a sangre fría.
Bostezaba remando en un estanque
pero bajaba todos los torrentes
en canoa, sin casco.
Yo la esperaba siempre en el hotel.
El kárate y el judo
parecían sus padres adoptivos
y entrenaba diez horas por semana.
Le encantaba ir al cine
Schwazzenegger, Bruce Lee, Van Dame
y Rambo eran sus favoritos.
Su lima de uñas era escalofrío
su café daba vértigo,
apretaba besando...
Pero todo eso era llevadero
cada uno es como quiere;
yo también tengo mis manías
y al principio la vida me parecía
emocionante.
Una tarde volvió con tres paquetes
-son un regalo- dijo.
El primero, de un sórdido sex-shop:
una máscara negra de cuero con tachuelas;
otro paquete, más pesado y tosco,
de la ferretería: ganchos, cadenas,
cuerdas y unos cepos de aspectos medieval.
No abrí el tercero pero abrí la puerta,
y bajé la escalera como ella los torrentes.
Ahora vivo con una pelirroja,
pobre, feucha, desgarbada,
pero
sólo tiene geranios,
tiestos de marihuana
y ositos de peluche.
Sic transit gloria mundi.
La Historia es un rufián indecoroso,
una vieja malvada y traicionera
que se muerde las uñas y bosteza
De este tiempo perdido.
Hay días del tamaño de un silencio
en los que tanto sol
no abriga nuestras manos.
Entonces los conjuros tienen la tos
litúrgica y enferma de la desconfianza,
y no crece el amor suficiente
para que siga el curso de la Historia.
Hay días en que el hombre
debe apagar las horas y volverse
a dormir hasta mañana.
Contrafábula.
El mundo está repleto de insectos ahorradores,
hormigas laboriosas,
arañas tejedoras,
listos escarabajos que atesoran
estiercol y otras santas inmundicias,
y orugas que se guardan, por guardar,
a si mismas.
Así que tú cigarra,
cómplice del verano, prima hermana del grillo,
no pares de cantar, rompe la tarde,
pon música en la siesta.
no hagas caso a la hormiga,
que reviente de grano su despensa.
Cigarra amiga, cantaré contigo,
que la vida no es más que lo que aquí cantemos.
Resto de almanaque.
Ya cerradas las páginas
del libro donde siempre se anotan los milagros,
escribimos en rojo sobre la miserable
cuadrícula del sueño. La mitad de
los días es resto de almanaque,
la otra mitad, amor que se quedó dormido.
Gato toma el fresco a la puerta de su casa.
Me sentaré a la puerta de mi casa
pero no según dicen los cánones
para ver como pasa mi enemigo convertido
en cadáver, solo faltaba eso,
si mi enemigo quiere pasar es cosa suya
no espero ni su muerte ni su entierro
y menos estorbando mis horas de reposo.
Si se muere, muy bien, pues que le lloren
y peor para él si vive eternamente
pero que a nadie se le ocurra venir a
pasearme los despojos porque puede
que el muerto sin saberlo termine por
tener algun viaje, tener algún amigo que
le acompañe en el último viaje.
O es que no va a poder sentarse uno
delante de su puerta sin que le pasen
muertos por la cara.
Con la cabeza bien alta.
Se piensa joven y recuerda, claro,
que la luz era el tiempo detenido,
la insolencia de fatuo adolescente,
de fuerza sin medida, fuerza ciega,
imprevisible, impertinente, lúcida.
Ya no es joven ni es ruido ni es soberbia,
pero resignación tampoco.
Dice
que ha decidido soportar la ruina
mientras desdeña su dolor de espalda,
las ojeras y el gesto de fatiga
que le regalan cuestas y escaleras.
Nada de conformarse, nunca, nunca,
jamás.
Lo ha decidido firmemente.
La rendición no cuenta en sus agendas.
Hay que alzar la cabeza ante la vida
y jugar este juego hasta el final.
Hay que morirse con las botas puestas.
Peregrino a la fuerza.
Iba haciendo el Camino de Santiago
con una concha al cuello.
Sus ojos eran de hayas en otoño,
su sonrisa de libro y lo demás,
como para volver loco al apóstol
cuando llegase a Compostela.
Así que la llevé en mi coche
(adoro el auto stop algunas veces)
-Yo- mentí- también voy de peregrino.
-Prefiero andar - me dijo- pero gracias,
llévame a Ponferrada
y ya seguiré a pie lo que me falte.
- "Ponferrada - pensé - y Finisterre si te dejas"
Puso el bastón y su macuto
en la parte de atrás y se sentó a mi lado.
Casi no hablaba, pero qué silencios.
Su perfume a lavanda me hizo olvidar
que yo no iba a Galicia
y otros asuntos eran mi destino.
Junto al castillo de Templarios
paramos a reponer fuerzas.
Cuando estaba pagando la empanada y el vino,
oí el motor del coche.
Me dejó su cayado, su venera,
y un palmo de narices con recuerdo a colonia.
Caminé todo el resto del verano
como un imbécil, con la boca seca,
pero he ganado el jubileo.
Viajeros al tren.
Desesperada y gris, un poco loca,
se dispuso a viajar conmigo al fin del mundo.
- Eso está lejos - dije -
mejor nos vamos hasta el parque,
patatas fritas y cerveza, sol,
para qué más.
Pero ella siguió haciendo el equipaje.
Cientos de cachivaches, zapatos y pañuelos,
un florete de esgrima (me sigo preguntando
para qué)
guantes, perfumes, rulos, crucigramas;
y tuve que trepar a las maletas
para que se cerrasen. - ¡Vámonos!
tengo ya los billetes del tren.
Era la dueña del asunto.
Se sentó en el asiento junto a la ventanilla,
apoyó la cabeza,
y vi el reflejo de su rostro:
tenía una sonrisa de las que no dejan salida.
- Voy un momento a por tabaco - dije.
Seguía ensimismada.
Sus ojos se agrandaron a lo lejos,
cuando le dije adiós desde el andén.
Ni ella ni las maletas regresaron jamás.
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