mi abuela en los frutales:
los labios pronunciados
abiertos a la pulpa del melocotón
el paso perforando
la tierra no desoigas la hondura
de la vida
el puño hacia las nubes
como la rama viva del cerezo
de sangre
allí desayunaba, sentada en el ribazo
de su halda blanca,
el libre corazón de lo nacido.
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