En la primera semana de Febrero es difícil encontrar un sitio libre en la Biblioteca, se acercan los exámenes y a los lectores habituales, aspirantes a aprobar una oposición y estudiosos en general se unen alumnos de Institutos y Universidades.
En medio del silencio, roto de vez en cuando por las patas de más de una silla que se acerca o se separa con descuido de su mesa correspondiente o algún que otro móvil que no se ha tenido la precaución de amordazar, empiezan a oirse sollozos y una respiración entrecortada. Se van levantando cabezas absortas en libros, apuntes y portátiles, con gesto de preocupada sorpresa. El llanto viene de la entrada, donde detrás del mostrador, trabajan las bibliotecarias. Una de ellas se encuentra en plena crisis de ansiedad. Tiene bastante dificultad para respirar y llora desconsoladamente. Los puestos de lectura y estudio se abandonan sin reparar en ruidos. Casi todos acuden para saber qué está pasando. No menos de cuatro o cinco personas se afanan en abanicar a la paciente que ya estaba siendo atendida por sus compañeras de trabajo, en un intento de tranquilizarla. Alguien está llamando al 112 y sólo unos pocos vuelven a su sitio comentando que tanta gente alrededor puede agobiar más que ayudar y que incluso demasiados testigos sirven más bien, para hacer empeorar la situación. Pero esta sensata reflexión, cae en saco roto y a la espera de los servicios de emergencia, el panorama es el siguiente: una persona vulnerable física y mentalmente es observada por un "público" de entre 10 y 15 personas, si se tienen en cuenta, los que abanican y los que sólo miran.
Cuando llega el equipo médico del SUMMA comienzan a aplicar el protocolo y pasados los primeros minutos, uno de ellos comenta con ironía: ¡Se va a acatarrar!. Su alusión es clara. Los primeros espontáneos siguen en primera fila. Armados de folios y bufandas, han continuado con las maniobras de reanimación, incluso después de la llegada de los sanitarios, que trás una primera valoración, aconsejan el traslado de la paciente al hospital. La camilla traspasa la puerta, todo el mundo regresa a su lugar para seguir con lo que estaba haciendo y el silencio se instala de nuevo en la Biblioteca.
Kant, filósofo alemán del siglo XVIII decía que lo que hace buena o mala una acción, su valor moral, no es la acción misma, sino la intención, la voluntad con que se realiza.
Descartada cierta curiosidad malsana y admitida una actitud solidaria cargada de buenas intenciones, se plantean algunas dudas: ¿Alguien que actúa con buena intención pero produce efectos negativos, no tiene cierta responsabilidad? ¿Es tan importane el qué dirán, para la mayoría, cuando cada individuo imita lo que hacen los demás sin pensar en las consecuencias? Y por último, de acuerdo con la regla de oro que dice: trata a otros como te gustaría que te tratasen a ti. ¿Es deseable para una persona con una considerable crisis de ansiedad o cualquier otro tipo de patología, verse rodeada/observada por más gente de la estrictamente imprescindible?.
Kant, filósofo alemán del siglo XVIII decía que lo que hace buena o mala una acción, su valor moral, no es la acción misma, sino la intención, la voluntad con que se realiza.
Descartada cierta curiosidad malsana y admitida una actitud solidaria cargada de buenas intenciones, se plantean algunas dudas: ¿Alguien que actúa con buena intención pero produce efectos negativos, no tiene cierta responsabilidad? ¿Es tan importane el qué dirán, para la mayoría, cuando cada individuo imita lo que hacen los demás sin pensar en las consecuencias? Y por último, de acuerdo con la regla de oro que dice: trata a otros como te gustaría que te tratasen a ti. ¿Es deseable para una persona con una considerable crisis de ansiedad o cualquier otro tipo de patología, verse rodeada/observada por más gente de la estrictamente imprescindible?.
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