Monday, May 23, 2016

Cuarenta años de música

Auditorio Nacional, 24 de Abril de 2016

La directora pequeña, briosa, magnífica. El solista pura sensibilidad, admirable y muy joven. Quizá de los que se acercan al violín con cuatro o cinco años. 

Hoy, dicen que ha tocado con un Stradivarius.

La directora y el solista chinos. La orquesta y el coro nacionales. Soprano, mezzo, tenor y barítono de distintos países. El órgano apabullante y nosotros, todo oídos, sentados en el primer anfiteatro para celebrar cuarenta años en los que hemos compartido bastante música, además de muchas otras cosas. 

El concierto ha empezado con la Marcha eslava opus 31 de Tchaikovsky, ha seguido con su concierto para violín y orquesta en re mayor, opus 35 y ha terminado con la Misa glagolítica de Janáceck.

Al volver a casa hemos buscado en la caja de los recuerdos una entrada del Teatro de la Zarzuela con fecha 16 de Enero de 1975. Allí empezó todo, con música de Gerónimo Giménez (La boda de Luis Alonso) y de Manuel Fernández Caballero (Gigantes y cabezudos). Al terminar la representación un músico, clarinete en la orquesta de la Compañía Lírica Nacional dirigida por José Tamayo, me pidió el teléfono.

En nuestra primeras salidas escuchábamos música enlatada y en directo. Cartuchos de ocho pistas en el coche. De Serrat a Simon y Garfunkel pasando por Gilbert O'Sullivan con su "Alone Again" que, con el "Romance de Curro el Palmo" del Nano, llegaron a ser dos de nuestras canciones favoritas. En el capítulo de la clásica se llevaban la palma Beethoven, Tchaikovsky y Stravinsky. Él, quizá por deformación profesional comentaba pasajes de la Pastoral, la Patética o el comienzo de La consagración de la primavera, para impresionarme.  Afirmo que lo conseguía. En directo escuchábamos jazz, sudamericana y a la Banda Municipal en el templete del Retiro.
Fuimos juntos a mi primer concierto. En el programa estaba el Bolero y una obra de Montsalvatge que no recuerdo, seguramente  porque la genial melodía obstinada y su resonante final borraron todo lo demás.
Pocos meses después en plena efervescencia o más bien por los efectos bolerísticos de Ravel, decidimos casarnos. Debo añadir que en ese concierto decisivo del Teatro real, tocó la Orquesta Nacional con Pedro Iturralde al saxo.

Además del frigorífico, la lavadora y los muebles llegó un equipo de los últimos que reproducían vinilos. Teníamos una colección de versiones de nuestra música y compositores favoritos, en la que destacaban la mítica grabación de La verbena de la Paloma dirigida por Ataulfo Argenta y con Miguel Ligero en el papel de Don Hilarión, la Sinfonía Titán de Mahler con Claudio Abbado y la Sinfónica de Chicago, los Cármina Burana que nuestros hijos escuchaban junto a músicas de diferentes estilos y que les permitió acompañarnos a uno de los tres conciertos de inauguración del Auditorio Nacional para asombrarse con la impactante obra de Carl Orff al natural.

A lo largo de estos años hay mil momentos y algunas anécdotas. La música ha seguido y seguirá presente. Como aquella Segunda Sinfonía de Rachmaninov, ese adagio, ese clarinete en un pasaje sublime y cuando, mi clarinetista favorito felicitó al solista sin saber ni una palabra de ruso. Era la Filarmónica de Leningrado. Un concierto inolvidable. 

En los viajes, se retrasaba la visita al gótico holandés por una orquesta de soul o ganaba una sesión de jazz al paseo por las empinadas calles de Lisboa. Tete Montoliu, Pablo Milanés, Chano Domínguez, Paquito D'Rivera, Sabina, Wynton Marsalis, El Septeto Santiaguero, Ara Maliquian además de Horacio Icasto cuando acompaña una canción de Jobim o las Paraules d'amor de Serrat  y crea momentos en los que resulta imprescindible darse las manos.

Los músicos callejeros en París y en Madrid. Porgy and Bess o Madama Butterfly en el Gran Teatro de Ginebra. En Ginebra también, la Fête de la Musique el día que La Suisse Romande hizo una versión memorable de Las Danzas Sinfónicas de West Side Story. La voz de Ainhoa Arteta o Ute Lemper. Un paseo en barco por el Leman en el Festival de jazz de Montreux escuchando buena música, en fin... aquí no caben tantas y tantas emociones.

De vez en cuando volvemos al Teatro de la Zarzuela. No hace mucho nos regalamos una versión divertida, actualizada, subversiva y gamberra de La Gran VíaEl año pasado  por agua. ¡Cómo cantamos al final!
Voces y palmas muy bien coordinadas por el director de la orquesta al más puro estilo vienés/Radetzki, sólo que a ritmo del famoso pasacalles. Desde el escenario, toda la compañía y el respetable desde nuestras butacas, entonamos: Francia, Rusia, China y el Pekín. No hay en el mapamundi más salero que en MADRIZ.




1 comment:

Unknown said...

inolvidables recuerdos sobre todo ravbleros...