Empezar la vida laboral con 13 años y a veces con menos, era bastante corriente en 1962. Actualmente en el Curso 2009/2010 se han matriculado más de 1.400.000 alumnos en las Universidades y el 54,1% son mujeres.
Entonces la carrera de muchas mujeres era aquella que aparecía en el Documento Nacional de Identidad con la famosa definición: de profesión sus labores. En otros documentos más o menos oficiales se hablaba de las labores propias de su sexo. No tenía objeto seguir estudiando después de los 13 o 14 años, si con suerte habíamos ido a la escuela hasta esa edad. Para nuestras labores solo era imprescindible, ser limpia como los chorros del oro. Esta definición es de mi querida abuela Consuelo. Había, eso si, una forma de saber, no demasiado científica, ni exacta, que a veces era incluso partidista y manipuladora. Si habías nacido en un barrio donde en casa no había un solo libro pero a cinco o diez minutos andando tenías media docena de cines que "echaban" (entonces no decíamos que programaban ni proyectaban) dos películas y el NO-DO y lograbas reunir la peseta con cincuenta céntimos que costaba la entrada, podías enterarte de algunas cosas.
Por ejemplo, teníamos la posibilidad de descubrir acontecimientos importantes de la Historia, porque en las de guerra nos contaban que habían desembarcado en Normadía, que atacaron Pearl Harbor, que hubo cañones en Navarone o que lanzaron bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki y bombas corrientes en Londres o en Hamburgo. En las del oeste conocíamos de memoria Arizona y las Montañas Rocosas. Toro Sentado, Caballo Loco, Jerónimo, Búfalo Bill y Billy el Niño, eran como de la familia y estaba claro que el general Custer había muerto con las botas puestas. En las de romanos supimos de legiones y centurias, de lo valiente que era Espartaco y de lo malísimo que era Nerón. Vimos también por primera vez que aspecto tenía una cuádriga y un triclinio. Parte de nuestra educación musical vino como no, gracias al cine. Pudimos escuchar la voz prodigiosa de un tipo flaco, con sombrero que se llamaba Sinatra. Nos convencieron de que se podía cantar y bailar bajo la lluvia. Que en Paris un americano, más que bailar hacía encaje de bolillos, ayudado por las notas sublimes de Gershwin. Que Bernstein era capaz de trasladar Romeo y Julieta a un barrio de Nueva York para dejarnos con la boca abierta y la lágrima a punto. Que para lágrimas y sonrisas no había nadie como la familia Trapp, en fin...
Acabo de dar un paseo por mi barrio y solo el antiguo cine Pavón sigue en pie. Acoge la Compañía Nacional de Teatro Clásico y así ha conservado la dignidad con creces, en el resto de los cines han cambiado las butacas y las pantallas por habitaciones de hotel, salones para bodas, discotecas y venta de ropa al por mayor.
De cualquier forma, me sigue entusiasmando el cine y nostalgias aparte, hoy las salas son más cómodas, el sonido es perfecto y no hay que tragarse el NO-DO. Como siempre, sigo aprendiendo, me apasiono, me indigno, me meto en las historias, lloro y río.
Con esa costumbre, que no se muy bien si es añoranza o cabezonería, de pasar los precios a pesetas y teniendo en cuenta que a los mayores de sesenta nos cuestra cuatro euros una entrada, saco la calculadora y resulta que aquella peseta con cincuenta céntimos se ha convertido en estas 665,54.
Vaya susto.






3 comments:
Gracias por devolvernos a ese Madrid donde ir al cine era mucho más que ver una película.
La nueri
Más cultura tienen algunos de los que iban al cine en esos tiempos que los universitarios de ahora. Habrá que ponerle una vela a Santa Rita Hayworth y a San John Wayne.
Un ovni
Tía, me ha encantado cómo has reproducido lo que siempre me comenta mi padre sobre esas tardes de sesión contínua que os pegábais.
Suscribo lo que dice mi prima-ovni jejeje
Es impresionante también cómo ha desaparecido la cultura de cine entre los jóvenes. Una pena...
Besos,
Bea
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