Friday, September 17, 2010

Madeira

Las guías turísticas hablan de recóndito valle, de uno de los grandes paisajes del mundo y cosas parecidas. Cuando me asomé al balcón del mirador del Nido del Águila me quedé sin aliento, allá abajo estaba Curral das Freiras o para entendernos, Refugio de las Monjas. Dice la leyenda que las monjas, hace unos cuantos siglos, se escondían aquí de los piratas franceses, que por cierto, debían de ser malísimos. En el Museo de Historia de Madeira hay dos figuras de cera que los representan. Tienen unas caras que no me extraña que las monjas salieran corriendo.

El viernes suele ser un buen día para ir al Mercado dos Lavradores en Funchal. En la puerta están las vendedoras de flores vestidas para la ocasión, falda de rayas, corpiño y blusa. En la cabeza un tocado con rabito. En el piso de abajo el pescado. Destaca el peixe espada preto, largo y con unos dientes muy afilados y unos ojos enormes. Feo pero exquisito. Los vendedores de fruta te dan a probar maracuyá, guayaba, papaya, mango y demás familia de la fruta tropical. Verduras, cestos, hierbas, flores, recuerdos, mucho bullicio y color.
Cualquier día es bueno para las puestas de sol. Cualquier noche estará bien para cenar en la zona velha. Espetadas de carne o pescado con bolo do caco y poncha o nikita para acompañar los fados. Antes o después se puede dar una vuelta por las calles pavimentadas de basalto y mármol pasando por la catedral con su torre cubierta de azulejos o por la Plaza del Ayuntamiento o entrar en el jardín de San Francisco o Santa Catarina para asombrarse con tanto árbol exótico con las plantas y el olor de las flores.
Las emociones fuertes van, desde subir por carreteras estrechas procurando no mirar abajo (1200, 1500 m.) con un conductor madeirense al volante, hasta llegar a Cabo Girâo, el segundo acantilado más alto de Europa. El descenso desde Monte metida en una cesta, que Hemingway describió como: una de las experiencias más estimulantes de su vida, no se si con ironía, no lo probé. Porto do Moniz, Boca da Encumeada, Cámara de Lobos, Ribeira Brava y un pastel de hojaldre y crema que acompañe al avellanado bual, una de las variedades del vino de Madeira. Si puede ser, en la terraza del café de la esquina del mundo, sentada a la sombra de las jacarandás.

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