cuaderno cuadriculado

Wednesday, August 19, 2009

En Agosto

La Gran Vía sólo está desierta cuando la pinta Antonio López o si la vacían a propósito para que Amenábar ruede en ella alguna escena.

Sin llegar a esa envoltura cinematográfica de calle céntrica en gran ciudad después de una catástrofe nuclear, esta mañana de sábado está poco concurrida y no alcanzamos la docena los que atravesamos el paso de peatones entre el Hotel Emperador y la tienda de Carmina Albaladejo.

En el escaparate hay un hombre con camiseta agujereada, pies muy sucios y vaso de cartón vacío de monedas. Mira con cara de asombro.

Supongo que contempla las infinitas posibilidades de 250 euros venta al público que marcan ciertos zapatos.

¿Prohibido?

Hace días, un documental de los que permiten viajar desde el sofá, enseñaba Tokio. Por lo visto, en el Metro de Tokio está prohibido usar el móvil.

Esta mañana he deseado por un momento ser japonesa y de verdad que no ha sido envidia de esos piececitos enfundados en calcetines blancos que asoman al final del kimono (es bien sabido que calzo un 43). No, yo sólo pretendo leer con cierta tranquilidad. En un momento interesante y crucial de la lectura tengo que colocar el marca páginas y dejarlo para mejor ocasión.

A mi izquierda una ciudadana habla a través de su teléfono móvil en un tono estridente y omnipresente. Cuento hasta cuatro llamadas, o sea, todo el trayecto. No hay escapatoria. El vagón medio vacío ofrece asientos libres pero una pareja de mediana edad critica al resto de la Humanidad casi a gritos. Me llegan frases melodramáticas: la madre sola como un perro, el cuñado metepatas, rencores, envidias y cuando el relato se hace insufrible me agarro a las múltiples posibilidades de mi bolso. Conecto el IPOD y mentalmente me marco un dúo con Nat King Cole.

Que se quede el infinito sin estrellas, ojos negros, piel canela, me importas tu y tu y tu...