La Gran Vía sólo está desierta cuando la pinta Antonio López o si la vacían a propósito para que Amenábar ruede en ella alguna escena.
Sin llegar a esa envoltura cinematográfica de calle céntrica en gran ciudad después de una catástrofe nuclear, esta mañana de sábado está poco concurrida y no alcanzamos la docena los que atravesamos el paso de peatones entre el Hotel Emperador y la tienda de Carmina Albaladejo.
En el escaparate hay un hombre con camiseta agujereada, pies muy sucios y vaso de cartón vacío de monedas. Mira con cara de asombro.
Supongo que contempla las infinitas posibilidades de 250 euros venta al público que marcan ciertos zapatos.
Sin llegar a esa envoltura cinematográfica de calle céntrica en gran ciudad después de una catástrofe nuclear, esta mañana de sábado está poco concurrida y no alcanzamos la docena los que atravesamos el paso de peatones entre el Hotel Emperador y la tienda de Carmina Albaladejo.
En el escaparate hay un hombre con camiseta agujereada, pies muy sucios y vaso de cartón vacío de monedas. Mira con cara de asombro.
Supongo que contempla las infinitas posibilidades de 250 euros venta al público que marcan ciertos zapatos.
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