Calle del Rey de Sicilia
La tienda de flores de la esquina enseña el reclamo de su mercancía y es por eso que una planta enorme adorna el portal del número 26, pintado de un bonito tono entre azulón y celeste con la parte inferior de latón dorado. Mientras se suben sin prisa los cuatro pisos de la escalera de caracol, madera añeja y reluciente, da tiempo a imaginar cuántos personajes habrán pisado estos peldaños a lo largo de varios siglos.
Arriba, luz, colores cálidos, balcones que se abren a tejados con chimeneas y buhardillas. Vivir una semana en Le Marais, conocer algo de París en una semana, dejar las maletas sin abrir para dar una primera vuelta de reconocimiento por el barrio y medio llenar el frigorífico en la minúscula tienda de un árabe que expone sus cajas de fruta y verdura en la fachada porque dentro apenas caben él y la registradora.
En cada esquina un café, un bistrot y ni una mesa libre. Por las aceras paseantes con o sin bolsas en las manos, turistas con o sin plano, con cámara casi siempre. De vez en cuando judíos ortodoxos de traje negro, sombrero y rizos detrás de las orejas que van a sus asuntos o recogen a los niños que llegan en el transporte escolar. De tarde en tarde judíos modernos de vaqueros y gorra de los yankees encima de la kipá.
Mil tiendas donde comprar regalos, pan y pasteles, ropa, decoración, relojes o bisutería. Donde tomar helados, zumos y café o té. Pequeños palacios reconvertidos en museos y dependencias municipales.
Antes de regresar a la calle del Rey de Sicilia, soportales llenos de galerías de arte y desde el jardín central, medio oculta por los árboles, la simetría de la plaza más vieja de París.
Arriba, luz, colores cálidos, balcones que se abren a tejados con chimeneas y buhardillas. Vivir una semana en Le Marais, conocer algo de París en una semana, dejar las maletas sin abrir para dar una primera vuelta de reconocimiento por el barrio y medio llenar el frigorífico en la minúscula tienda de un árabe que expone sus cajas de fruta y verdura en la fachada porque dentro apenas caben él y la registradora.
En cada esquina un café, un bistrot y ni una mesa libre. Por las aceras paseantes con o sin bolsas en las manos, turistas con o sin plano, con cámara casi siempre. De vez en cuando judíos ortodoxos de traje negro, sombrero y rizos detrás de las orejas que van a sus asuntos o recogen a los niños que llegan en el transporte escolar. De tarde en tarde judíos modernos de vaqueros y gorra de los yankees encima de la kipá.
Mil tiendas donde comprar regalos, pan y pasteles, ropa, decoración, relojes o bisutería. Donde tomar helados, zumos y café o té. Pequeños palacios reconvertidos en museos y dependencias municipales.
Antes de regresar a la calle del Rey de Sicilia, soportales llenos de galerías de arte y desde el jardín central, medio oculta por los árboles, la simetría de la plaza más vieja de París.

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