Thursday, January 03, 2008

La insoportable terquedad del ósculo

Se me ocurre etiquetar como besos almodovarianos, ese, pasar de una a otra mejilla besando muy seguido y con escándalo. Hay una escena en Volver donde las actrices se saludan con ruidoso besuqueo y hacen que nos reconozcamos, porque, ¿a quién no le han besado así alguna vez?.

Otra cosa es, que esa forma de besar sea siempre bien recibida. Los niños a veces se limpian la cara después del aluvión. Los adultos no podemos, aunque en ocasiones nos gustaría porque son besos, con frecuencia húmedos, en el peor sentido de los besos húmedos.

Hace unas semanas me di cuenta de que pueden ser también inoportunos. El autobús de la línea 512 venía lleno. Era la hora de comer y todos teníamos prisa por llegar a casa. En la parada más próxima a Renfe-Cercanías empezaron a subir los usuarios disciplinados y presurosos sin olvidar el ritual de meter el billete en la ranura. La última era una señora mayor. De pronto se abalanzó sobre el conductor alternando exclamaciones cariñosas con besos sonoros y de repetición. Una vez y otra, y otra más. El era muy joven y con la responsabilidad del cargo recién estrenado ponía cara de querer salir corriendo, de tierra trágame y a un tiempo, entre beso y beso intentaba inquieto mirar por el retrovisor. Sonó algún claxón y se oyeron protestas seguidas del consabido comentario de malvado cachondeo.

Al final, mientras el autobús se ponía de nuevo en marcha, la señora avanzó triunfal por el pasillo con una sonrisa de oreja a oreja murmurando, mi niño, mi niño.



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