Convencidos de que no es posible ver medio mundo en unas horas, decidimos pasar la mañana en el British. El autobús hasta Blomsbury y luego a pié con despistes que nos llevan a placitas tranquilas por las que muy bien pudieron pasear a sus perros, si es que los tenían, Virginia Woolf o Eliot.
El museo guarda, según la guía, unos seis millones de objetos repartidos en cuatro kilómetros de galerías. El "añadido" de Norman Foster es espectacular. Impresionantes la sala de lectura y la de la Ilustración. Sarcófagos y momias, cerámicas, joyas, pinturas murales, porcelanas, mármoles del Partenón y un edificio entero (el monumento a las Nereidas). Reponemos fuerzas con un bocadillo y fruta para seguir con La India y China. Nos esperan. El tráfico está imposible, en Oxford Street no cabe un alfiler, el conductor avanza a tirones moviendo el autobús de dos pisos con bastante habilidad entre el follón de coches. Luego sentados en las escaleras a los pies del Albert Memorial, monumento a un marido y a los triunfos coloniales del Imperio, tomamos el te en vasos de cartón mientras escuchamos a un cantante con guitarra que da la espalda al Royal Albert Hall. Enorme sala de conciertos redonda y roja. En la fachada el anuncio de los PROMS, festival de música que dura ocho semanas; todos los días conciertos.
Entramos en los Kensington Gardens y visitamos la Serpentine Gallery, montajes de vanguardia que juegan con el sonido y la luz. El lago y los cisnes, la gente en hamacas, en bicicleta, jugando al futbol, corriendo o paseando para disfrutar del buen tiempo. Kensington Palace donde nació la reina Victoria y vivió Diana de Gales.
De nuevo en el autobús dejamos atrás el hotel Ritz y la estatua de Livingstone, supongo. Unas cervezas y despedida de una parte de la familia. Cena con hamburguesas de carne auténtica (vacas certificadas) y patatas recién fritas, sin congelar. En el camino al hotel conocemos a un camarero-abogado de Barcelona que nos cuenta su vida en Londres.
De nuevo en el autobús dejamos atrás el hotel Ritz y la estatua de Livingstone, supongo. Unas cervezas y despedida de una parte de la familia. Cena con hamburguesas de carne auténtica (vacas certificadas) y patatas recién fritas, sin congelar. En el camino al hotel conocemos a un camarero-abogado de Barcelona que nos cuenta su vida en Londres.
El desayuno de despedida es a la inglesa y en Islington con foto conmemorativa hecha por una profesional que se sienta en la mesa de al lado y nos saca guapísimos. Después algo tristones vamos a la estación Victoria y de allí a Luton. En el aeropuerto sigue la situación de alerta, nada de líquidos, ni la barra de labios. No se puede llevar equipaje de mano y tenemos que facturar las mochilas. Pasamos por el scaner hasta los zapatos y después nos cachean a fondo. Los funcionarios, spray en mano llevan lo mejor que pueden los efectos de tantos pies descalzos.
Desde la ventanilla, adios y hasta muy pronto Londres.




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