La comida del viernes fué bastante sabrosa y no me refiero a las ensaladas, las crepes, las brochetas, ni siquiera a las patatas que acompañaban cierta hamburguesa.
Un par de hijas estrenaban casa y de ahí que si la fantasía, que si la proyección, que si madre no hay más que una. Yo provocaba, cargaba las tintas, exageraba. En mi línea, vamos.
Pero en serio, desde mi más tierna infancia me han rodeado madres madres, madres abuelas, madres tías e incluso alguna madre vecina y hasta madre dueña de tienda de comestibles que han proclamado a los cuatro vientos su unica razón de vivir pero con un toque extraño entre el tormento y el éxtasis (de nuevo el cine) que me hacía dudar. Cuando nacieron mis hijos, hijos por otra parte queridos, buscados con alevosía y nocturnidad (o quizá fué en la siesta no recuerdo bien) se despejaron mis dudas. Es una experiencia única, son para nosotros, perfectos, intocables, los más listos, los más altos, los más rubios peroooooo son vidas independientes, sin posesiones, sin chantajes sentimentales, libre te quiero... esto lo dice Amancio Prada.
Muchos años después leí a Bertrand Rusell que desde mi punto de vista hace una descripción exacta. - son extraordinariamente egoístas para con sus hijos porque, aunque la maternidad es un elemento muy importante de la vida, no resulta satisfactoria si constituye lo único que hay en la vida, y los padres insatisfechos tienden a ser emocionalmente avaros.
Lo cierto es que como siempre me supo a poco y no me refiero a la ensalada y la brocheta. Igual pudimos hablar de política (vade retro) de escándalos inmobiliarios o de trapos y cosméticos. Me sentó como un tiro tener que ir a trabajar mientras continuaba la sobremesa. Seguro que fué sabrosa.

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