Londres desde arriba promete telas de araña luminosas, hilos de colores hasta donde alcanza la vista y en el suelo Luton y Backer Street. El metro hasta Liverpool pasando por estaciones con azulejos anteriores a Churchill, en ellas se imagina sin esfuerzo a la gente refugiándose de los bombardeos. Las ruedas de las maletas retumban en las aceras de la City desierta a esas horas. Para dormir un Travelodge silencioso, acogedor, pequeño con cama grande. El desayuno a la inglesa y en la calle el sol y una riada de oficinistas vestidos de oscuro, ellas y ellos. Gabardinas ligeras con sandalias, trajes de chaqueta con deportivas, escotazos con botas de mosquetero, portafolios, portátiles, vasos de papel de Starbucks, zumos, cocacolas, donuts, y demás comestibles y bebestibles mañaneros.
El Tower Bridge visto dos mil veces en el cine no decepciona nada, es más, está por lucirse y se abre en ese momento para que pase un velero que se desvía a la izquierda entrando en los muelles de St. Catherine, un rincón interesante que no suele venir en las guías turísticas.
De camino al pub una placa recuerda el lugar donde mataron a William Wallace, más conocido por Mel Gibson y Brave Heart. El pub, visita imprescindible, tiene solera. Muebles ajados de distintos estilos, suelo de madera muy gastada, fotos amarillentas y pays pays mecánicos de reminiscencia india, alguien asegura que en realidad los hace funcionar un tío de Calcuta contratado al efecto. Paseo por los canales con sus barcos vivienda y colaboración entusiasta para abrir una esclusa. En Islington cena familiar. Pasta, ensalada de canónigos, vino de Tarancón, quesos ingleses, fresas, frambuesas, grapa, orujo y unas risas. Continuará
Lo primero la torre, que no es tal, un fuerte con historia sangrienta, torres más de una, foso, cuervos y beefeaters, señores a la antigua con nombre de ginebra.
El Tower Bridge visto dos mil veces en el cine no decepciona nada, es más, está por lucirse y se abre en ese momento para que pase un velero que se desvía a la izquierda entrando en los muelles de St. Catherine, un rincón interesante que no suele venir en las guías turísticas.
Los viejos almacenes de la ribera sur del Támesis son ahora viviendas de lujo. Restaurantes italianos y asiáticos ocupan las callejas en las que Oliver Twist robaba relojes.
Entrar y salir del Design Museum para comprar un cuaderno cuadriculado poco corriente y después el Belfast anclado en el río para los que quieran ver de cerca un buque de guerra. Frente al Globe Theatre destrozan con cierto estilo la marcha turca a base de violín y chelo. Hoy ponen Antonio y Cleopatra y el teatro reconstruído varias veces está igual que en tiempos de don Guillermo. Para reponer fuerzas la Hay's Galleria, antiguo depósito de especias y mantequilla. Bóveda metálica de treinta metros y en el centro del conjunto un cachivache digno de Julio Verne. Para sentarse y mirar, la cafetería de la Tate Modern y para cruzar de nuevo el río, el puente peatonal Millennium sin perder de vista la cúpula de San Pablo, segunda mayor del mundo mundial después de la del Vaticano, claro está.
De camino al pub una placa recuerda el lugar donde mataron a William Wallace, más conocido por Mel Gibson y Brave Heart. El pub, visita imprescindible, tiene solera. Muebles ajados de distintos estilos, suelo de madera muy gastada, fotos amarillentas y pays pays mecánicos de reminiscencia india, alguien asegura que en realidad los hace funcionar un tío de Calcuta contratado al efecto. Paseo por los canales con sus barcos vivienda y colaboración entusiasta para abrir una esclusa. En Islington cena familiar. Pasta, ensalada de canónigos, vino de Tarancón, quesos ingleses, fresas, frambuesas, grapa, orujo y unas risas. Continuará

3 comments:
A estas impresiones londinenses sólo falta ponerles música y que las cante Sabina. Muy bien.
Me siento "talmente" allí mismo. Sigue escribiendo, que da gusto!
La de cosas que hicimos y lo que es mejor, la de cosas que nos quedan por hacer.
Post a Comment